
Fuente: Diario La Razón
¿En Alemania una organización cuyos militantes se adhieran al pensamiento nazi?
¿En Camboya dejarían cancha libre a los carniceros de Pol Pot?
Imposible. Sin embargo, en nuestro país estamos a punto de legitimar a Sendero Luminoso.
Porque el Movadef es, sin sombra de duda, una fachada de esa banda terrorista.
Y sin embargo, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) en lugar de confirmar la resolución del Registro de Organizaciones Políticas (ROP) que rechazó la inscripción, le ha pedido un nuevo pronunciamiento.
Escudándose en legalismos y minucias, el JNE se ha lavado las manos.
Y no solo por tres razones –miedo, miedo y miedo– sino también por una cuarta y principal: el prurito de la corrección política.
Ese que aconseja ser “neutral” y “equilibrado” en asuntos en los que no cabe neutralidad ni equilibrio sino convicción y firmeza. Típico de la progresía.
Si hace dos décadas Sendero hubiera querido lavar su rostro macabro, cientos de miles se habrían congregado en el jirón Tarata a protestar y no el puñado que se dio cita anoche.
“Se levantó en Egipto un nuevo Faraón que no conocía a José”, dice la Biblia al metaforizar sobre el olvido.
Y aquí hay una generación que no conoció a Abimael Guzmán ni el horror que desató.
Y lo poco que conoce es la versión distorsionada de la CVR o los textos escolares de “ciencias sociales” que hablan de “grupos alzados en armas” y de “conflicto armado interno”.
No es cierto que los ganadores sean los que escriben la Historia. Por lo menos no en el Perú.
Entre nosotros la han reescrito los compañeros de ruta de los perdedores. Esos que se han apoderado de un concepto universal como los Derechos Humanos para jalar agua a sus molinos.
Y ningún gobierno –tampoco éste– tiene el coraje de enfrentarlos. Al contrario, los premian con la conducción del “Lugar de la Memoria” para que desde allí envenenen las mentes de las próximas generaciones.
En realidad, a estas alturas ya ni siquiera puede afirmarse de manera terminante quién ganó y quién perdió la guerra.
En el terreno, SL y el MRTA fueron derrotados. Pero en el campo de las ideas, no nos atreveríamos a ser rotundos.
No cuando vemos al timorato JNE. O al millar de uniformados perseguidos judicialmente.
Bueno, pensándolo bien el JNE timorato no es. Ni miedoso. Ni correcto políticamente. Salvo el voto singular del magistrado Pereira, partidario de confirmar la resolución del ROP, es decir, rechazar la inscripción del Movadef, el resto del colegiado, lisa y llanamente, le ha hecho el juego a Sendero.
Miren nomás al presidente del Jurado. Se abstuvo porque fue víctima del terrorismo. ¡Justamente por eso, señor Sivina, debió usted haber votado como el señor Pereira!
Pero caviares son pues. Infiltrados en el JNE y en todos lados.
Convertidos en caballo de Troya ideológico de aquellos que ya no nos animamos a calificar de perdedores.
Porque cada día que pasa ganan más batallas
La guerra de Troya ya duraba más de nueve años cuando el más destacado guerrero griego, Aquiles, había caído muerto en combate. A pesar de haber cumplido las condiciones impuestas por los oráculos para la toma de la ciudad- traer a Neoptólemo, hijo de Aquiles; traer los huesos de Pélope y robar el Paladio- los griegos no conseguían atravesar los muros de Troya.
El adivino Calcante observó una paloma perseguida por un halcón. La paloma se refugió en una grieta y el halcón permanecía cerca del hueco, pero sin poder atrapar a la paloma. El halcón entonces decidió fingir retirarse y se escondió fuera de la mirada de la paloma, quien poco a poco asomó la cabeza para cerciorarse de que el cazador desistió. El halcón salió del escondite y culminó la cacería. Después de narrar esta visión, Calcante dedujo que no deberían seguir tratando de asaltar las murallas de Troya por la fuerza, sino que tendrían que idear una estratagema para tomar la ciudad. Después de ello, Odiseo concibió el plan de construir un caballo y ocultar en su barriga a los mejores guerreros. En otras versiones, el plan fue instigado por Atenea.[1]
Bajo las instrucciones de Odiseo o de Atenea, el caballo fue construido por Epeo el feocio, el mejor carpintero del campamento. Tenía una escotilla escondida en el flanco derecho y en el izquierdo tenía grabada la frase: «Con la agradecida esperanza de un retorno seguro a sus casas después de una ausencia de nueve años, los griegos dedican esta ofrenda a Atenea».
Los troyanos, grandes creyentes en los dioses, cayeron en el engaño. Lo aceptaron para ofrendarlo a los dioses, ignorando que era un ardid de los griegos para traspasar sus murallas. Dentro del caballo se escondía un selecto grupo de soldados. El caballo era de tal tamaño que los troyanos tuvieron que derribar parte de los muros de su ciudad. Una vez introducido el caballo en Troya, los soldados ocultos en él abrieron las puertas de la ciudad, tras lo cual la fuerza invasora entró y la destruyó.













