Hay una chica con la que viví un trozo de mi vida hace tanto tiempo que tengo que pararme a recordar cuánto y me sorprendo al ver que me faltan dedos para contar hasta trece. Años. Se dice pronto, ¿eh?
Ambos éramos jóvenes. Ella había vivido experiencias duras. Yo no. Ella pasaba por una etapa de lucha interior, muy compleja. Yo no. Ella se mostraba alegre estando triste. Yo no.
Hace trece años que no la veía, salvo en una fiesta donde cruzamos las típicas frases insulsas que no dicen gran cosa. Creo que fue hace una semana cuando me encontró y estuvimos chateando, como si no hubiera pasado tanto tiempo, notando sabiduría en sus palabras y una entereza sin parangón, un corazón noblísimo y una gran persona.
Esta mañana me enseñó una foto que se acababa de hacer por la cámara del ordenador. Recién levantada, somnolienta, sin sonreír, tan cambiada, tan distinta a como la recorbaba. Sin embargo, estaba mucho más guapa que antes. Facciones más marcadas, más vívidas, más expresivas, más valientes, más segura de sí misma.
Y como si fuera un chiquillo, le dije que estaba más guapa, mucho más guapa que antes, tan natural, aunque hubiera pasado el tiempo.
"Richi, estamos en el mejor momento de nuestras vidas", me dijo.
"Adolescencia madura, juventud con cabeza", agregó.
No puedo estar más de acuerdo con sus palabras.
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