Ella es una de esas raras mujeres de las que el cobrador de la funeraria dice que merecerían el honor de ser portada del código penal, una de esas mujeres que parecen haber aseado el rostro con el agua de enjuagar el pubis. Era joven y saludable, pero había en su expresión un deje de amargo escepticismo, una contenida tristeza sin miseria, algo que si no fuese un leve y estilizado cansancio, tranquilamente podría ser un remordimiento. Digamos tenía una vacilante feminidad de mujer en cuya deshidratación van apareciendo, como marroquinería, los rasgos de Clint Eastwood. Alguien tierno y resuelto al que le sienta el traje como una orquídea plantada en un portazo.
Trabajaba no se sabía muy bien de qué, en algún lugar lejano al que se llegaba “cambiando dos veces de guagua y de raza”. Desde que una noche se encontró en el Teintaytantos el corazón en el pañuelo de los mocos, la muerte la tiene muy ocupada. Ya no estamos en esa edad en la que los jóvenes al esfuerzo no le llaman rehabilitación, como nosotros, cielo, sino deporte. Por desgracia, el sentido común consiste en aceptar que los besos ya no tengan el sabor de las cerezas, sino el regusto de la quimioterapia. Tanta salida nocturna entre frikis cerca del Hotel Iberia pertenecía más a la parafarmacia que a la poesía porque no tenía vicios ni había probado suerte en sociedad.
No sé muchas cosas de mi padre, un tipo que a los treinta y cinco años presumía de haber quemado cuatro matrimonios y quince embragues. Como ella, sus frases eran cortas y urgentes como golpes de tos. Es como si hubiese aprendido a escribir a oscuras en un papel en llamas. No me importa que sigas escribiendo, me decía, pero quiero que tengas presente que de tus cartas, cielo, lo único verdaderamente interesante es el cartero.
Cuando las caries arruinaron definitivamente su dentadura y masticaba la carne con un martillo, ella era feliz sonriéndole al ciego de la esquina. Ya sé que la cultura nocturna es una cosa interesante y un recurso valioso para sacar adelante los tiempos muertos durante la cena, pero, sinceramente, a mí lo que me estremece es que a una mujer inteligente se le empañen las gafas con el miserable y personalizado vaho de las ingles. La vida es más soportable, cielo, si aceptas que lo mejor de tus sueños suele ser la cama en la que despiertas de ellos. En las estribaciones de la vejez echarás de menos aquellos días de franqueza sin higiene.
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