El sol estaba poniéndose y Ricardo se levantó, arrastró la única silla de la habitación hasta ponerla frente al balconcillo y, tras sentarse, alargó una mano hacia ella para que se reuniera con él; le hizo un hueco en la silla, cerró los ojos y apoyó su cabeza sobre su delicado cuello mientras rodeaba su grácil cintura con ambos brazos.
A veces, en los momentos más cruciales de la vida de una persona, ciertos detalles o situaciones o imágenes se recuerdan de un modo más vívido sin que necesariamente hayan sido los mejores; pero sí tienen algo que ha hecho que la mente los grabe a fuego sobre la conciencia, los cincele eternamente, y son momentos que jamás se olvidan por mucho que se envejezca. Y cuando uno se pone a pensar porqué los recuerda, la mayoría de las ocasiones no sabe dar una respuesta correcta ni razonable. Simplemente, los recuerda.
Y aquel momento para Ricardo se convertiría en uno de ellos.
La fragancia de la ciudad inundando la habitación le transportó de inmediato a la playa de su niñez. Ella estaba allí, con él, y ambos apenas tenían ocho o nueve años. La mezcolanza de aromas que fluían del mar, las fragancias que transportaba la suave y ardiente brisa, el calor del sol, el color del cielo, arena y mar en conjunción, el sonido del agua, el olor del combustible quemado de las zodiacs, los chillidos de otros niños en plena diversión y los chapoteos le hicieron creer que realmente estaba allí, sentado en la orilla, mirando a una chiquilla morena y pecosa, de pelo negro, mirada penetrante y sonrisa deslumbrante, mientras el entorno que les rodeaba solamente estaba allí para hacerlo todo más sensual, más perceptivo.
Con ayuda de su dedo, ella trazó el contorno de un corazón sobre la húmeda arena y lo miró sonriente y con cierto rubor en sus mejillas, como si le estuviera confesando algo inconfesable. Luego lo atravesó con una flecha, puso las iniciales de los nombres de ambos, una a cada lado, y volvió a mirar a Ricardo, aún más tímidamente que antes, si cabe; y él sonrió a su vez, le dio un beso en la mejilla y observó cómo ella borraba azorada las letras plasmadas en la arena. Dejó la huella de su mano dentro del corazón y se levantó; anduvo unos pasos hasta que el agua le cubrió los tobillos, se volvió para mirarlo, siempre sonriente, y le hizo un gesto casi imperceptible para que la siguiera.
Ricardo vio cómo se adentraba en el mar y, antes de seguirla, plasmó a su vez la huella de su mano junto a la de ella y dejó allí el corazón, esperando que el mar se diera cuenta de lo que realmente sentía por aquella chica que se había adentrado en sus dominios y ordenara a sus infatigables olas que rodearan aquel símbolo, que perpetuaran los surcos de aquel corazón dibujado a sus pies.
Cuando regresó a la realidad tuvo que enjugarse los ojos con el dorso de la mano. Ella se volvió y ambos se miraron, sonriendo, sin decir nada, pero sabiendo que habían compartido algo especial durante aquellos breves minutos. Ella también tenía los ojos humedecidos. Giró su cuerpo hasta colocarlo frente al de Ricardo, rodeó su cuello con ambos brazos y lo besó tiernamente.
─ ¿Quieres que vayamos a la playa a pintar otro corazón? ─le preguntó ella, casi ruborizándose, mientras la brisa movía sus cabellos negros y ensortijados.
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