Una mañana de invierno en Madrid, hace años ya, en un vagón de metro que me llevaba a donde siempre, somnoliento, observé sentadas frente a mí en alegre conversación a una madre de unos cincuenta años y a su hija, algo más joven.
Atrajeron inmediatamente mi atención y curiosidad. La razón de ello es que en su conversación no intervenían palabras, ninguna, labios sellados que solo se entreabrían para sonreír al unísono y gestos que se imitaban espontáneamente. Porque tampoco se miraban.
¿Cómo podían hacerlo? Me pregunté sorprendido. Sin hablar ni mirarse, conversaban tan animadamente, tan cómplices, una en silencio, otra con una risa adorable, risueña. Supe que la madre era ciega y sordomuda. La hija no. Pero eran felices, porque aquellos rostros que no podré olvidar en mil vidas, rezumaban alegría.
Pasó un chico con una cresta de color escarlata. La madre rió con ganas. La hija tenía entre sus manos las manos de su madre y con la yema de los dedos le contaba lo que sucedía en el vagón, tan detallado, tan admirable, tan profundo. La niña oyó la siguente parada y se lo dijo a su madre. Luego me miró con dulzura y aunque notaba rubores, no podía evitar esos ojos.
Algo le dijo a su madre, porque cuando el tren llegó a la estación y ambas se levantaron, la madre se acercó a mí, buscó mi rostro, me acarició las mejillas, me palpó las facciones, sonrió, se inclinó y me dio un beso tan cariñoso que mis ojos brillaron, lágrimas fluyeron y del fondo de mí corazón sólo pude pronunciar una palabra: gracias.
Ricardo.
Viernes 3 de speptiembre de 2010.
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